Pies de Loto

Cuando tenía apenas nueve años, le dije a mi madre: -“Mamá, dame un libro que pueda leer”. Ella, sin pensarlo dos veces, puso en mis manos Viento del este, viento del oeste, de Pearl S. Buck. El libro me atrapó desde la primera página, lo leí con verdadera pasión.

Si bien en este momento no sería capaz de hacer una reseña completa de la novela, sí recuerdo de manera bastante precisa uno de los pasajes de aquel relato: -Una niña a la que su madre vendaba los pies con el fin de que fueran lo más pequeños posible.               El texto describía con sumo preciosismo el proceso de aquella tortura.                     Relataba cómo aquella madre retorcía los dedos de los pies de su hija hasta colocarlos debajo de la planta, los envolvía con una tela que previamente había untado con sangre de algún animal y después apretaba la tela con toda la fuerza de que disponía y finalmente cosía los bordes para impedir que ésta cediese-.                                         Recuerdo cómo a aquella niña se le iban quebrando las falanges de los dedos, cómo la infección le producía un dolor insoportable, cómo era incapaz de andar, cómo su madre, cada tres días, le cambiaba las vendas por otras que, cada vez apretaba con mayor fuerza. La presión de la tela iba atrofiando sus pies hasta conseguir que tuvieran la apariencia de un puño cerrado, con el único fin de conseguir que su hija llegara a lucir unos preciosos pies de loto.

Aparte del fuerte impacto que, con sólo nueve años, produjo en mí la lectura de aquel tormento, al que no lograba encontrar explicación, no sería menor el sentimiento de rabia y tristeza que me produjo descubrir el argumento con el que esa madre justificaba la tortura a la que sometía a su hija:

-“Cuanto más pequeños sean tus pies, mejor marido conseguirás y más te amará”-.

Con el paso del tiempo, y a causa de acontecimientos que no vienen al caso, los pies de loto, regresaron a mi vida. Me topé de bruces con imágenes reales de aquellos pies. Estremecedoras, paralizantes hasta tal punto que, de no haberme retrotraído al recuerdo de esa lectura en mi niñez, hubiera puesto en duda su veracidad.

En ese momento, el viento del este viró bruscamente a viento del oeste.

Publicado por

buyolblog

Escribo, luego existo.

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