La lacra del sufijo

 

Al igual que  muchas mujeres de mi generación formo parte de ese colectivo al que denominan cincuentonas o, como dicen los modernos, cincuentañeras.

No sé cuál de los dos adjetivos me produce más desazón.

El primero por la carga despectiva que conlleva y el segundo por ese halo eufemístico al que han sometido al prefijo primitivo añadiéndole un sufijo más llevadero.

Si soy cincuentañera en vez de cincuentona: ¿soy más mona?, ¿soy más delgada?, ¿soy menos menopáusica?, ¿mi colágeno y/o elastina aún siguen dando esplendor a mi cara?, ¿podré llevar un top ajustado y una minifalda (outfit) sin que me llamen mamarracha?, ¿podré bailar reguetón sin que se me note la pasta que me dejé en la academia de ritmos latinos allá por los 90?, ¿podré decir que no voté ni sí ni no a la OTAN?

Mucho me temo que no.

El sufijo que añadamos a cincuent- da igual, para mí que es una manera de enmascarar el “Quiero y no puedo tener menos de los que tengo y esto me conduce a un desasosiego sin igual y me da lo mismo que sea –ona que –añera, porque lo que no asumo es el prefijo”.

Sinceramente, preferiría ser cuarentona o pertenecer a una década posterior a la de las cincuent-ona/añera: Los adorables sesenta. A las sesentonas no les queda otro remedio que ser sesentonas pero, este estadío cuenta con una ventaja que es poder ser sexagenaria. ¡Eso sí que es un una década con clase! Las sexagenarias son merecedoras de  respeto y admiración, un espejo donde mirarse, un ejemplo a seguir.

Yo hubiera dado un millón de las antiguas pesetas por haber pasado directamente de cuarent-ona/añera  a sexagenaria. Los cincuenta están en un limbo, ni blanco ni negro, ni prosa ni poesía, ni Marx ni Smith, ni chicha ni limoná. Cuando mi desesperanza era absoluta y la manera de  asumir esta maldita década una quimera, una luz apareció al final del tunel, una decisión estamentaria vino a sanar mi ánimo cual bálsamo del tigre. 

En un alarde de sensatez la Iglesia Católica, finalmente y tras largos siglos de disquisiciones, había decidido que el purgatorio no existíaNunca hubiera pensado que una noticia proveniente del Vaticano me reconfortaría de tamaña manera, hasta el punto de liberarme de una carga que, de no haber sido así, tendría que haber soportado durante toda una década. Como suele ser habitual en el comportamiento humano, arrimé el ascua a mi sardina e hice de mi capa un sayo para llegar a la siguiente conclusión:

“Si el purgatorio no existe, las cincuent-onas/añeras tampoco existimos”.

Si del cielo puede pasarse directamente al infierno o viceversa, de igual manera las mujeres podremos pasar de los cuarenta a los sesenta aunque, en este caso, sin viceversa.

De momento… habrá que conformarse.

 

Publicado por

buyolblog

Escribo, luego existo.

5 comentarios en “La lacra del sufijo”

  1. La diferencia, creo yo que estriba en que los de 20 y 30 años solo pueden ser veinteañeros y treintañeros. De ello se deduce que el curso natural nos lleva al sufijo “añeros ” en detrimento del peyorativo y humillante “nt@n”

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